Ser madre es una elección que trae consigo renuncias y privilegios. Yo he decidido que ser madre es dedicar más tiempo a jugar, a acompañar, a estar presente en la vida de mi hijo. He dejado de lado oportunidades de ganar más dinero o asumir mayores responsabilidades, porque para mí es un lujo poder estar ahí cuando sale de la escuela, en las consultas del pediatra o en cada actividad escolar.
En este camino he escuchado comentarios: que mi hijo está consentido, que debo dejarlo ser independiente. Pero a sus tres años, su trabajo no es cargar responsabilidades de adulto, sino jugar, crecer, aprender y recibir amor.
También he observado cómo muchos niños pasan largas horas en guarderías, incluso cuando sus padres podrían recogerlos antes. El mío también está en una, y sé que ese espacio le aporta socialización y aprendizaje. Sin embargo, mi prioridad es estar presente en los momentos clave: recogerlo a tiempo, acompañarlo en sus actividades, darle atención y cariño en casa. Esa es la diferencia entre usar la guardería como apoyo y usarla como sustituto de la presencia de los padres.
Sé que algunos pueden pensar que mi vida es fácil o cómoda. No puedo negar que cuento con apoyo, pero también me levanto cada día a las 5:00 AM para cumplir con mis compromisos antes de llegar al trabajo. Además, soy emprendedora, manejo proyectos desde casa, realizo asesorías y atiendo los deberes del hogar. Es decir, también trabajo, y mucho. La diferencia está en que he decidido que mi hijo no quede relegado en esa rutina.
Hay muchas rutinas que no logro realmente, como la que tiene mi hermana de dormir a sus hijas a las 8 de la noche o una amiga que, sin importar dónde esté, siempre regresa a casa a la hora de dormir o lleva a su hijo a cada clase. Yo fluyo como puedo, pero estoy ahí. Y me parte el alma cuando estamos en casa y mi hijo me dice: “deja de trabajar y juega conmigo”. Ese instante me recuerda que lo que más necesita no es una rutina perfecta, sino mi presencia.
Hoy vemos a muchos niños crecer entre cuatro paredes, con la televisión, la tableta o el celular como compañía. Y aunque todos necesitamos descansar, nunca como ahora se percibe la falta de padres en la vida cotidiana de sus hijos.
La pregunta que me hago, ¿qué precio estamos dispuestos a pagar por estar o no estar en la vida de nuestros hijos? Porque la infancia no espera, y el precio de estar o no estar lo pagamos hoy, pero ellos lo cobran mañana.



