En una sociedad que aspira al desarrollo, hay decisiones que no solo se equivocan: se delatan. Y una de ellas es pretender despojar a la educación de sus espacios para entregarlos a intereses ajenos a su misión formativa.
La historia reciente de la Escuela José Antonio Guzmán Fabián no es solo la de una infraestructura deteriorada. Es, más bien, el reflejo de una tensión peligrosa: cuando la educación deja de ser prioridad y comienza a ser vista como un obstáculo.
Fundada en 1959 por el educador José Antonio Guzmán Fabián, esta institución no es un terreno cualquiera. Es un símbolo. Es memoria viva. Es la raíz del desarrollo educativo de Jarabacoa. Sin embargo, en pleno siglo XXI, se ha tenido que defender de una amenaza que jamás debió existir: la intención de desplazarla para fines no educativos.
No se trata de un simple debate de uso de suelo. Se trata de una pregunta de fondo:
¿Qué vale más para una sociedad: la educación o la conveniencia administrativa?
Porque cuando se propone sustituir una escuela por oficinas o parqueos, lo que realmente se está diciendo (aunque no se admita) es que formar ciudadanos puede esperar. Que educar no es urgente. Que el futuro puede postergarse.
Y ahí es donde debemos ser claros, sin matices ni diplomacia innecesaria, eso es inaceptable.
La educación no es un gasto, ni un estorbo logístico, ni un activo negociable para políticos. Es el eje sobre el que gira cualquier posibilidad real de desarrollo. Cada aula que se pierde es una oportunidad menos. Cada espacio educativo que se sacrifica es una señal inequívoca de retroceso.
Este caso obliga a replantear prioridades. A revisar visiones. A cuestionar decisiones que, bajo la apariencia de eficiencia, esconden una peligrosa desconexión con lo esencial.
Hoy más que nunca, el país necesita claridad estratégica, la educación no compite con otros intereses, está por encima de ellos.
No hay desarrollo económico sostenible sin educación. No hay institucionalidad sólida sin ciudadanos formados. No hay futuro viable sin inversión firme en las escuelas.
Quien no entienda esto, simplemente no está pensando en el país que queremos construir.
Porque al final, la pregunta no es qué hacer con un terreno.
La verdadera pregunta es: ¿qué estamos dispuestos a sacrificar… y qué jamás deberíamos tocar?
Y la respuesta, si aún creemos en el futuro, debe ser contundente, la educación no se negocia.
