La escuela dominicana no está en crisis: Está siendo mal gestionada.

La escuela dominicana no está en crisis: Está siendo mal gestionada.

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La educación dominicana no nació ayer ni ha estado quieta. Desde los aportes de Eugenio María de Hostos y la fundación de la primera Escuela Normal en 1880, hasta la actual gestión del ministro Luis Miguel De Camps, el país ha sido escenario de múltiples intentos de transformación educativa.

Se habla hoy de fortalecimiento docente, de vincular la educación con el empleo, impulsado por dinámicas como el nearshoring, de formación en valores, de uso de datos, de transparencia y de mejoras en infraestructura. Todo suena correcto. Todo luce bien en el papel.

Pero hay una realidad que no se puede maquillar, ninguna de estas transformaciones ha logrado impactar de manera significativa el nivel de competencias del estudiante dominicano. Y aquí es donde debemos ser honestos.

Los datos lo confirman. Según PISA 2018, más del 70% de los estudiantes dominicanos no alcanza el nivel mínimo en lectura y matemáticas. No estamos hablando de percepción, sino de evidencia concreta.

El problema no es la falta de iniciativas. El problema es más profundo, hemos estado importando modelos educativos desconectados de nuestra realidad. Durante años, hemos intentado adaptar políticas diseñadas para otros contextos, otras culturas y otras condiciones sociales, esperando resultados distintos en un escenario completamente diferente. Y eso, sencillamente, no funciona.

La educación no se transforma desde escritorios internacionales ni copiando recetas externas.

La educación se construye desde el territorio.

No es lo mismo un estudiante que asiste a un centro multigrado en Manabao, con limitaciones materiales y geográficas, que uno que estudia en el Instituto Politécnico Loyola, con acceso a mejores recursos, infraestructura y oportunidades. Son dos realidades distintas. Dos contextos sociales diferentes. Dos necesidades educativas que no pueden ser tratadas con una misma política uniforme.

Pretender que ambos respondan igual a un mismo modelo educativo es, en el mejor de los casos, ingenuo; y en el peor, irresponsable. Por eso, se hace urgente un cambio de enfoque.

Desde hace más de una década, el país destina alrededor del 4% del PIB a la educación, según el Ministerio de Educación. Sin embargo, los niveles de aprendizaje siguen siendo críticamente bajos. El problema no es de recursos, es de gestión.

A esto se suma una tasa de abandono escolar entre un 5% y 7% anual, según la Oficina Nacional de Estadística.

El Banco Mundial señala que, aunque un estudiante dominicano puede pasar hasta 12 años en la escuela, su aprendizaje real equivale a menos de 7 años efectivos.

La República Dominicana necesita diseñar políticas educativas construidas desde adentro, basadas en el conocimiento real del sistema, de sus limitaciones y de su potencial. Políticas que no respondan a tendencias internacionales, sino a necesidades nacionales.

Pero más importante aún, esas políticas deben trascender los ciclos políticos.

Necesitamos avanzar hacia la creación de marcos educativos estables, con carácter estratégico, que se mantengan en el tiempo sin importar los cambios de gobierno. No se trata solo de innovar, sino de sostener lo que funciona y corregir con inteligencia lo que no.

La educación no puede seguir siendo un experimento de cuatro años.

Este es un llamado directo a la clase política, a los tomadores de decisiones, al liderazgo social y a todos los que creen en el desarrollo del país.

Si realmente queremos sentir orgullo de nuestro sistema educativo, si aspiramos a formar ciudadanos competentes, críticos y preparados para el futuro, tenemos que comenzar ahora.

Porque la verdadera transformación educativa no se decreta.

Se construye.

Y el tiempo de empezar… ya pasó.

Fuentes:

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